comprar-lienzos-imagenes-zen
japanese-garden
paisaje-digital-de-un-jardin-japones
paisajes-japoneses-cerezos

¿Qué es el Zen?

El Zen es un camino hacia la plenitud espiritual. Para poder seguirlo tienes que ser capaz de hacer dos cosas: sentarte y respirar. ¿Es muy dificil? ¿Hace falta ser budista para hacer zen? No. El zen y el budismo son primos hermanos, pero no son lo mismo.
Cualquier cristiano, judio, musulmán o ateo puede estudiar zen sin comprometer sus creencias. Hay tres cosas que te ayudarán por el camino: una gran fe, no una fe en el sentido cristiano, sino simplemente la firme convicción de que el camino del zen nos llevará a la iluminación; una gran duda, deberás prepararte para no dar nada por hecho y examinarlo todo por ti mismo desde la base; y una gran perseverancia, el zen no produce la iluminación inmediata, requiere años de esfuerzo constante. ¡¡ Recorre el camino y disfruta de él!!.


Historia Zen de la semana

EL NO-APEGO

A los veinte años, Kitan Gempo, recorría el país buscando su vía espiritual. Por el camino se cruzó con un viajero que fumaba tabaco. Le imitó, se compró una pipa y aprecio ese nuevo placer. Pero en cuanto tomó conciencia de su apego arrojó la pipa y dejó de fumar. Libre de toda atadura, encontró en su camino a un adivino que le enseñó el arte de leer las estrellas. Gempo, que era un alumno excepcional, pronto igualó a su maestro. Cuando comprendió que amaba aquellos nuevos poderes, rechazó aquella ciencia y nunca más quiso oír hablar de ella. A la edad de veintiocho años se hizo monje y se inició con ardor en el pensamiento zen. El superior del monasterio, que admiraba su piedad y sus dones excepcionales y estaba pensando en retirarse, le propuso que le sustituyera. Gempo huyó sin volver la cabeza: había estado a punto de apegarse. Sobresalió sucesivamente en la caligrafía, la pintura y la poesía, y también en la danza, el teatro, la arquitectura y el arte del sable. Abandonó estas disciplinas en cuanto conoció el éxito, por miedo de apegarse a ellas.

En su vejez, fatigado, aceptó por cansancio que le nombrasen superior de uno de los más famosos monasterios zen. Pero cuando murió, a la edad de ochenta y dos años, consiguió murmurar con su último aliento:

– ¡Dejo la vida de buen grado, no estaba apegado a ella!